
Un día —tendría yo ocho o nueve años— mi abuela se hirió en una pierna. La herida fue profunda, le sangró mucho. Apenas se quejó, pero yo sabía que le estaba doliendo mucho. Ese día sentí por primera vez algo: el deseo de que, en vez de ella, el accidente lo hubiera tenido yo. Era un sentimiento tan fuerte, que me eché a llorar. Se lo conté a mi mamá y ella me dijo: “eso es porque adoras a tu abuela, pero te aseguro que ella te quiere más, ella daría su vida por ti… yo también, por cierto”. Y sí, mi mamá tenía toda la razón, yo quería tanto a mi abuela que cuando supe que un día ella iba a tener que morir, casi no pude dormir. No podía concebir mi vida sin ella. Por la mañana, mientras me servía el desayuno, le dije: Abuelita, yo no quiero que te mueras, yo quiero morirme antes. Se puso seria: “Eso no va a suceder, Dios no me va a hacer eso”. Y se fue a la cocina llorosa.
Un día, como era de esperar, mi abuela murió. Yo ya no era un niño, por suerte, no sé cómo hubiera lidiado con eso en momentos en que la necesitaba tanto. Ha sido, hasta el momento, mi mayor pérdida. Todos los que me conocen bien saben hasta qué punto mi abuela tuvo que ver con el hombre que soy. Yo lamento ser tan descreído, me gustaría pensar que mi abuela me mira desde una nube, que me cuida desde una dimensión que sé que tiene que ser apacible…
Foto: Mi abuela, Ana Luisa Castellón, en una foto de 1938. A su lado (derecha) su hermana Nieves.